La Obra sin tiempo.

Comparado con la magnitud del Renacimiento, el Convento de Santa Maria delle Grazie es tan pequeño que incluso rosa extrañamente lo desapercibido en una época en la que Iglesias y Templos deben referirse…así. 

Sentado enfrente de el, en una banca en la cual fantaseaba Leonardo Da Vinci había hecho lo mismo, pensaba, ¿cómo es posible que este aquí? La pintura, yo. 

A cinco minutos de la cita, caminamos hacia la antesala del Convento, un angosto corredor con techo alto y vidrio en un costado que permite ver un hermoso jardín y a la vez provoca pensar en algo importante, estarás mas tiempo en espera de lo que estarás enfrente de la obra. 

¿Por qué? ¿A qué se debe el límite de quince minutos para admirarla? 

Finalmente, la puerta eléctrica se abrió y en su aire nos hizo respirar silencio. 

Di dos pasos y dentro del cuarto que alguna vez sirvió de comedor para monjes, mi cabeza, como obligada por magnetismo, volteó hacia la derecha. 

El Convento, de repente, se hizo inmenso. 

Jamás voy a entender porque nunca vi hacia el otro lado. A veces el valor de las cosas reside en nunca entenderlas. 

El magnetismo continuó haciéndome lentamente caminar hacia el centro del cuarto y me obligó fijar la vista en los ojos, no solamente de Jesús sino del Artista. 

Impresionante, pensaba, en su “enfermedad” por entender el arte de la perspectiva, justo esto quería. 

Me preguntaba, ¿cómo es posible que esta pared haya sufrido inundaciones, robos, ataques y atentados? No hay copia alguna que le haga justicia. ¿Qué la protege? 

Observándola e intentando concentrarme, enfoqué el primer punto, la mirada de Jesús la cual apunta en ángulo inferior izquierdo hacia su mano derecha que esta por tomar el pan sobre la mesa. 

Recordé aquella vez que leí que esta y la mano izquierda, componen el diámetro del círculo central de la pintura. 

La geometría es clara y apreciable, lo que provoca es aun mejor. 

A partir de ese momento, mi vista pasó por todos los rincones de la pared, sin embargo, jamás dejó de sentir la presencia de estas manos.  

Enfocado aun en el centro, con miedo de recorrer la obra irresponsablemente rápido, pasé mi atención a los tres ventanales dibujados atrás. 

Admiré el efecto luz que estos provocan y recordé que hay múltiples teorías detrás de este número. Tres grupos de apóstoles, tres en cada uno y el personaje central hace un triángulo perfecto. 

En la Religión Católica, el numero mas importante. 

Quiero aprender a hacer esto, me decía. Quiero trabajar y entregarme a lo que creo sin sentir la necesidad de que alguien lo vea.  Hoy entiendo que, si en el proceso alguien lo aprecia, su impacto es infinito. 

Recordé que el tiempo de la visita era limitado así es que salté mi vista hacia la mesa y parte inferior de la pintura. 

Aun no quiero ver a los apóstoles, decía, lo mejor al ultimo. 

La mesa es un perfecto recordatorio de los varios e insatisfactorios intentos de restauración que la pintura ha sufrido. Gracias al último, de duración veintiún años, se llegan a apreciar tintes azules en el mantel del lado izquierdo (derecho para mí). 

La ligera exaltación del color se logró bajo una tecnología microscópica que lleva un sello el cual advierte haber sido impuesto, no ser original.  

Increíble, pensaba, la tecnología ha llegado a esto, a Marte, pero no a replicarla. 

La obra es tan grande que cualquier alteración la sellamos en respeto. 

Finalmente, me llené de valor para admirar la cara de los doce apóstoles. 

Ya que mi vista seguía en el centro, empecé con Judas, quien, a dos lugares de Jesús y con la sombra mas grande, lo ve mientras sostiene con fuerza la bolsa de monedas, su pago.  

Hay una historia de Da Vinci en la cual después de trabajar durante dos años en la pintura, es afrontado por su patrón exigiendo la entrega. 

“Hay dos caras que siguen pendientes”, contestó Da Vinci según historiadores, “Jesús y Judas”. 

Por meses, Leonardo caminó Milán en busca del prototipo villano perfecto. Para el mundo esto era simple procrastinación. 

Cuando la entregó, por fin entendimos. 

Es imposible no imaginar una conversación de traición dibujada en los cuerpos de estos dos personajes. Sus miradas nunca cruzan, sus manos están por alcanzar lo mismo y, en sus facciones, dos opuestos totales. 

Si los ves fijamente, los escuchas.

Así son los genios, no es que demeriten el valor del tiempo sino entienden el poder de saber cuando ignorarlo. 

Me preguntaba, después de haber sentido esto, ¿cómo veo a los otros once?

En ignorancia y sin expertiz técnico, empecé de derecha a izquierda intentando honrar la forma en la que lo hacía el Artista para evitar correr pintura con su brazo. 

Uno a uno sus expresiones provocaron eco en mi mente. 

Mateo, Tadeo y Simón discuten entre sí, la tristeza de Felipe es palpable, la incredulidad de Santiago en sus brazos, el dedo índice de Tomás resalta duda, Juan en completa resignación, la agitación en Pedro plasmada en un cuchillo, las manos de Andrés proclamando inocencia, Santiago (Menor) atentamente escuchando y Bartolomé a punto de levantarse.

Hay cientos de bosquejos, horas e intentos detrás de estas caras y cuerpos. 

El resultado final, aprendí, es la capacidad de hacer olvidar creencias y fes por un momento sin dejar de respetarlas. 

La pared te llena de certeza, te asegura que este momento sucedió. 

Con el corazón palpitando y la voz del guardia pidiendo mi retiro, admiré por ultima vez cada gesto de los apóstoles y, queriendo congelar el tiempo, sentí en la piel el objetivo primordial de la obra.  

El cuarto era un comedor para monjes. Los apóstoles y Jesús fueron dibujados para ser parte de ellos. Aunque los primeros físicamente ya no están, los segundos aquí siguen. 

Bíblica y filosóficamente, la representación exacta de La Última Cena. 

Caminando hacia atrás para no perderla de vista, saliendo del cuarto pensé: 

Puedes creer que la pared esta protegida por fuerzas religiosas o por simple suerte. Es irrelevante, la obra intenta plasmar un momento sin tiempo y, a mas de quinientos años de su creación, lo sigue logrando. 

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