Los Dioses lo sabían.

Hay dos explanadas que separan a la Cancha Central de la Cancha #1 en Wimbledon.

Con esa exacta separación la diseñaron los Dioses. 

La distancia guarda una extraña mezcla entre privacidad total y cercanía inevitable, las cuales, parece se activan alternadamente cada vez que éstos así lo requieren. 

Estando en una o la otra, el estornudo de cualquier presente puede ser escuchado con tanta intensidad que provoca la atención de todos. Si no es por los aplausos y los esporádicos gritos de emoción, los cuales nos intentan acercar a los gladiadores, el ruido desaparece como si por momentos el aire fuera tan denso que lo prohibiera. 

De la misma forma, estando en una o la otra, es imposible evitar escuchar, en un alarido uniforme, cuando alguno de los gladiadores ha vencido a su oponente. Es como si en la Cancha #1, mientras alguien como Nadal juega su segundo set, el juez central interrumpiera para decir: “Público, este mensaje es solo para informarles que Roger Federer se acaba de convertir en el único jugador de la historia con 100 victorias en Wimbledon y…en cualquier Grand Slam…de cualquier deporte”. 

Los Dioses lo quisieron así porque sabían perfectamente lo que esta arquitectura provocaría. Que un jugador sienta como el público aclama a alguien mas, mientras da todo por sobrevivir, es, hasta hoy, la mejor definición de celos en el deporte.

Tan cerca que duele, tan lejos que no se puede hacer nada.

Los Dioses sabían que, con el tiempo, nuestra inteligencia haría desaparecer todo juego mortal como el Círculo Romano o el Juego de Pelota. Sabían que, conforme fuéramos evolucionando, entenderíamos que morir en un juego esta alejado de ser un honor y que no necesariamente tiene que ser componente importante de nuestro entretenimiento.

Finalmente también sabían, que debido a nuestra única naturaleza de conquista, tendríamos que eventualmente saciar nuestra sed de batalla y superación. 

Hay un momento en todo partido de tenis que resume perfectamente la significancia del deporte.

Cada vez que el marcador suma un número non, los jugadores tienen permitido sentarse durante un máximo de noventa segundos. Ambas sillas, situadas junto en el centro de la cancha, no solamente se convierten en el lugar de descanso, sino en un impecable recordatorio de lo que su encuentro representa. En completa solitud, los jugadores están forzados a ver a la cancha, su campo de batalla. La silla del juez central, a metro y medio de altura, les recuerda que el cruzar hacia el otro lado, de no ser para abrazar en consuelo al contrincante, es considerado deshonra. 

Es en este momento cuando los jugadores descansan de haber intentando, sin cesar, dañar a su contrincante. Es en este momento, cuando la separación entre los jugadores es la mas cercana en distancia, pero a su vez, la mas alejada en propósito. 

El tenis, como siempre lo supieron los Dioses, se ha convertido en nuestra forma mas bella y artística de representar una batalla entre gladiadores. La representación es tan hermosa que, aun prohibiendo cualquier contacto, exige total sacrificio físico y mental para sobrevivir. 

A través de los años, desde su invención, han vivido gladiadores que, descubriendo y perfeccionando técnicas, se han convertido en leyendas que vivirán por siempre en las paredes del jardín de los Dioses conocido como Wimbledon.

Desde 1879, cuando William Renshaw revolucionó el deporte con un servicio “poco convencional” y con la invención de la bolea, cada leyenda se ha caracterizado por dominar una técnica y/o talento diferente. 

Laurie Doherty (1902-06) suplió la fuerza por colocación, Rod Laver (1968-76) generó una potencia nunca vista anteriormente, Bjorn Borg (1976-80) demostró que la rapidez puede vencer cualquier ataque y, mas reciente, Pete Sampras (1993-2000), cambió la forma de jugar con su derecha que, por momentos, daba la impresión de “hacer magia”. 

*Los números denotan los años durante los cuales fueron campeones en Wimbledon

El nacimiento de cada una de estas leyendas, con el tiempo, ha provocado que el juego evolucione y mejore. Como en todos los deportes (y batallas), las nuevas estrategias y técnicas son siempre respuesta a la constante superioridad de algún jugador. El “gancho al hígado” fue la única forma de evitar el golpe “recto” de los mejores boxeadores. En otras palabras, los gladiadores han tenido que, constantemente, buscar nuevas armas que puedan penetrar las diferentes defensas de sus contrincantes. 

Hoy, estamos viviendo la saturación de este proceso. Actualmente, el ser excepcional en una técnica no es suficiente para ganar una batalla. Andy Roddick, quien es poseedor del mejor servicio de la historia, el cual era tan potente que la pelota se incrustaba en la arcilla, solamente pudo conseguir un campeonato en sus trece años de carrera (2000-12). 

Hoy, estamos viviendo un momento histórico en el tenis. Un momento que los Dioses ya sabían que existiría.

Prometeo, de no ser por Atenea, sería considerado como el único Genio de los Dioses. Su inteligencia era tal, que cuando su hermano Epimeteo no pudo resolver la difícil tarea de crear algo que hiciera de los humanos animales superiores, engendró en todos nosotros la capacidad de caminar en dos patas, de trabajar y colaborar, y, mas importante, de poder domesticar al resto de los animales.

Sin embargo, su genialidad también lo llevó a “darnos de más”. Nos enseñó a crear fuego. Y eso, al mas fuerte de todos los Dioses, no le gustó. 

Zeus, ante tal osadía, se enfureció ya que consideraba al fuego como un elemento divino que no debía de ser compartido con nosotros. En respuesta y como castigo, creó a Pandora, una mujer llena de todos los valores y tributos imaginables, y se la envió como regalo (trampa) a Prometeo, el cual, obviamente, rechazó.

Finalmente, el hermano de Prometeo, quien no era tan inteligente (y menos frío), decidió tomar a Pandora, solamente para darse cuenta que esta traía en una caja todos los males y desgracias del mundo. 

No ha existido jugador mas inteligente que Roger Federer. Por momentos, parece que sus pies no se mueven de la línea pues cada golpe viaja por la cancha con impecable dirección que hace, del contrincante, un títereDecir que su “revés” es el mejor de la historia, aunque posiblemente sea cierto, desvaloraría el resto de su arsenal técnico. Intentar encontrar su fortaleza máxima se ha convertido imposible pues, durante veinte años, ha mostrado nuevas perfecciones cada vez que pisa el césped. A lo mejor, la descripción mas cercana de su juego, es la escrita por el NY Times cuando la definió como una experiencia religiosa

Por otro lado, no ha existido jugador mas fuerte que Rafael Nadal. Fortaleza medida en mente y cuerpo. Su alineación perfecta de las botellas de agua que utiliza, al igual que sus otros diecinueve rituales, no son manías sin explicación, son pasos progresivos hacia una explosión masiva de fuerza y energía. Verlo jugar es como ver a William Wallace pelear, no importa debajo de quien este ni lo herido que se encuentre, siempre provoca un sentimiento de seguridad. Nadie deja de respirar pues todo mundo sabe que, eventualmente, se levantará.

Irónicamente, definir a cualquiera de estos dos gladiadores como “el mas inteligente y brillante” o “el mas rápido y fuerte” nos hace caer en el error de menospreciar sus demás exorbitantes habilidades. La mentalidad sublime de Federer y la técnica impecable de Nadal son, increíblemente, dos de las historias menos valoradas en el deporte. 

Los Dioses sabían todo esto y, mañana, los pondrán a pelear. 

El clima en Wimbledon será perfecto porque el techo de la Cancha Central tiene que permanecer abierto para ellos durante las cinco horas mas importantes en la historia del tenis. En la historia de su entretenimiento.

Al final, Zeus mandó crear a Pandora a partir de arcilla, quizá porque ese siempre fue el material con el cual se sintió mas cómodo trabajando. Prometeo, para defenderse, sacrificó dos bueyes intentando, después, engañar al poderoso Dios.   

Al final, dos explanadas separan las dos canchas mas importantes del mundo. 

Dos, son los Majors de diferencia entre Federer (20) y Nadal (18). 

Los Dioses ya lo sabían.  

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