Les deseo que fracasen.

Jamás pensé que escribir esto fuera tan difícil.

¿Aconsejar a mis alumnos en su graduación? Debería ser mas sencillo después de haber convivido con ustedes por años en ambientes mucho mas estresantes que la pantalla de una computadora. Pero no lo es.

La verdad es que no tengo la mínima idea de que consejos darles. No me siento capaz, ni suficientemente viejo y mucho menos conocedor como para atreverme.

Lo pensé por días y llegué a la conclusión que la verdad es que al igual que yo, nadie tiene idea.

¿Qué nos hace pensar que alguien como Carlos Slim, quien tomó ventaja de una situación para crear el monopolio mas grande en la historia de la telefonía, puede decirle algo a un egresado de cualquier universidad que hoy debe cinco años de sueldo por “haber tenido beca”?

La realidad es que ni yo, ni Steve Jobs, podemos aconsejarlos porque todos tenemos situaciones diferentes y una mente única.

Quizá, justo ahí la razón del porque escribirles.

La sociedad nos ha tatuado, tan profundamente, una definición específica de éxito y felicidad, que contradecirla da miedo y genera duda.

¿No ganar mas de veinte mil pesos en tu primer trabajo? Fracaso.

¿No tener coche que al menos pase la verificación? Fracaso.

¿No estar “estúpidamente” feliz en tu trabajo que te haga levantarte todas las mañanas cantando Whitney Houston? Fracaso.

Really? ¿Quién demonios puso estas reglas?

Lo hermoso y trascendental de la vida es fracasar.

Es el sentimiento de no tener la mínima idea de lo que estamos haciendo y aun así hacerlo.

No voy a hacer de este escrito lo mas aburrido del mundo y repetirles los miles de fracasos que gente como Einstein, Jobs y Michael Jordan tuvieron en su vida, pero si voy recordarles que toda la gente que hoy admiramos tiene una cosa en común: FRACASARON MUCHO MAS DE LO QUE TUVIERON ÉXITO.

¿No tienen trabajo aún? ¿Tienen trabajo, pero no “les llena”? Bueno, pues están en el camino perfecto. Lo único que deben de hacer es aprender a ver lo que están aprendiendo en ese preciso momento.

Verán, nuestro cerebro esta diseñado para protegernos. Cuando éramos cavernícolas (algunos aun somos), nuestro cerebro adquirió una capacidad única de detectar peligro. Gracias a esto evolucionamos y hoy tenemos Netflix.

El problema reside en que, conforme fuimos avanzando y nos alejamos del “tigre de bengala” que nos perseguía en la selva, nuestro cerebro ha continuado con su misma capacidad de alerta.

Cuando pensamos en un cambio, en un negocio, o en “tirarle la onda” a alguien en el antro, nuestra mente nos va a gritar todos los peligros y fracasos que podemos tener.

Es decir, por diseño, se olvida de TODO LO QUE GANAMOS.

Se olvida de que en cada cosa que hacemos siempre hay un aprendizaje.

En ese trabajo en donde solo mandan un mail al día y les pagan $3,000 por semana, aprenderán al menos, que ese es exactamente el tipo de jefe y empresa en el que no quieren estar. En ese despacho contable que huele feo y todos los “Godines” dejan su tupper abierto, al menos aprenderán que no toda la gente tiene su educación y que hay cosas mas relevantes en la vida que un mal olor.

Vean, aprendan e intenten jamás cometer el mismo error.

No será fácil ni placentero. Fracasar no es importante por lo bien que se siente. Al contrario, justo el sentimiento asqueroso que genera es el que le enseña al cerebro a no cometer el mismo error. Ahí radica su relevancia.

Cuando éramos niños, y AFORTUNADAMENTE no nos hacíamos preguntas estúpidas en todo lo que hacíamos, jugábamos en el parque y nos subíamos a la resbaladilla sin decir: “Oh diantres, ¿cuántos huesos puedo romperme en una mala caída? ¿qué tanta felicidad me generará el aventarme de boca? ¡No! Nos aventábamos y ya.

Era hasta cuando nos abríamos media frente cuando aprendíamos a usar los pies por delante.

Todo es lo mismo en la vida, la diferencia es que conforme crecemos hay menos niños en la fila de la resbaladilla pues todos están investigando “Los Siete Secretos Para Tener Éxito Profesional”.

¿Les podría aconsejar encontrar su pasión y entregarse a ella? Jajaja.

Es la misma estupidez que cuando nos preguntaban a los diecisiete años lo que queríamos estudiar como si tuviéramos idea de lo que queríamos hacer los siguientes treinta.

Nuestra pasión, representada por aquellas cosas que nos hacen perder la noción del tiempo, no “se encuentra”, siempre ha estado ahí, solamente nos toma tiempo darnos cuenta.

Nos toma tiempo porque tenemos que fracasar lo suficiente para reducir nuestras actividades hasta que solo nos queda ella.

Siempre acuérdense de aquella pregunta que a todos nos tocó cuando éramos niños.

“¿Qué quieres ser de grande?” – Nos preguntaba la Tía insoportable.

Nuestras respuestas estaban llenas de honestidad, sin embargo, carecían de entendimiento pues contestábamos LO QUE QUERÍAMOS HACER ESE DÍA.

Un niño no quiere ser astronauta en treinta años, quiere serlo ese día.

¿Por qué no podemos seguir actuando igual? Jamás hemos escuchado que un niño tenga crisis existencial, ¿o sí?

¿Qué quieren hacer hoy? Eso es lo que importa.

Con esto no estoy diciendo que avienten su dinero como si no hubiera mañana y se vayan a escalar los Alpes (aunque es debatible pues si en verdad eso quieren, ¿qué demonios importa?). Lo que estoy tratando de decir es que no olviden que lo importante es lo que hagan hoy. No mañana. No dentro de un mes. ¡No cuando les paguen su AFORE!

Finalmente, no olviden que la situación y condiciones en las que harán las cosas serán casi nunca favorables como a veces están ilustradas “brillantemente” en las películas.

No serán los únicos empleados del mundo con un jefe nefasto. No serán los únicos emprendedores de quien nadie crea su proyecto.

¡Sus problemas no son únicos! Son exactamente iguales al de todos. Somos tan insignificantes como una hormiga. Y eso, lo creas o no, es lo mejor que nos pudo haber pasado porque, en verdad, a nadie le importará si lo que les gusta es tocar el piano, poner una pastelería o cuidar viejitos.

Jamás cambien lo que quieren hacer hoy por pensar que a alguien le importa.

Hagan, fracasen, hagan, fracasen.

Disfruten cada caída porque nadie más la tuvo. Disfruten cada error porque nadie en este mundo les podrá decir lo que se siente y nadie tendrá ese aprendizaje.

Hagan, fracasen, hagan, fracasen.

Y en el proceso, usen su mente para no cometer los mismos errores y entender que es ahí en donde existe el verdadero éxito profesional.

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