Un equipo, un milagro.

“Este será el último Super Bowl que veré”. Lo repetí una y otra vez en mi cabeza.

Cuando, el costo de un comercial sobre pasa los cinco millones de dólares, el campo se ha convertido en una plataforma de protesta racial, el medio tiempo se ha alargado a 30 minutos y la liga, que creo todo esto, hace más de quince mil millones al año, es momento de dejar de verlo, pues, esto ya no es football.  

Lo dije, lo repetí… y lo vi.

Catorce años atrás, mientras Bill Belichick levantaba su segundo trofeo Vince Lombardi, una pequeña escuela en Shreveport, Louisiana (Calvary Baptist School), se esforzaba por encontrar a alguien que reuniera los requisitos mínimos para su posición; persona de fe, capaz de impactar la vida de niños y jóvenes y capaz de transmitir que los sueños pueden convertirse en realidad.

Doug Pederson logró reunirlas y, en el proceso de demostrarlas, transformó una comunidad haciéndola creer, no solamente en sus sueños, sino en el impacto que tiene trabajar en equipo.

Década y media después, esta misma persona enfrentaba la decisión más importante de su corta carrera como Head Coach.

Un gol de campo, a la mitad del segundo cuarto, hubiera puesto a su equipo seis puntos arriba, una ventaja no esperada por nadie. Sin embargo, en cuarta oportunidad, “Target left bunch, PHILLY SPECIAL” fueron sus palabras en el radio hacia su quarterback. Éste, veinte segundos después, se convertía en el primer quarterback de la historia en tener un touchdown por recepción en un Super Bowl.

Decir que nadie en el estadio pudo haber imaginado esta jugada sería simplemente mentir. En el football, como en la vida, la imaginación nos es más que el inicio de grandes cosas. Es el proceso y trabajo que se le dedica a esta, lo que realmente nos permite apreciarla.

La jugada, después de todo, no hubiera sido posible sin las incontables horas de revisión de video puestas por el staff en las que, increíble como parezca, lograron encontrar una oportunidad simplemente copiando a otro equipo de la liga. Al final, es un juego de niños.

El insignificante debate sobre el show de medio tiempo es exactamente igual al del vestido de “las damas” en una boda. Todo mundo piensa que es relevante, todo mundo se siente con derecho a ejercer una opinión. Al día siguiente, jamás se mencionan.

Ahí estaba, tentado a ejercer mi opinión sobre Justin Timberlake cuando un «niño», jugando football, eliminó, con su fuerza sobre humana, todos mis pensamientos.

En una de las historias más desapercibidas, Rob Gronkowksi ejecutó la serie más impresionante que un Tight End ha tenido en la historia de un Super Bowl. Después de cuatro pases y sesenta y ocho yardas, “Gronk”, quien se había perdido la oportunidad de jugar en este partido hace tan solo un año, acercaba a su equipo a solo tres puntos.

Lo más increíble vendría después, al terminar el partido. “Voy a contemplar mi carrera y mi vida” – Gronkowski decía, sugiriendo un posible retiro y provocando el silencio de decenas de reporteros. No importa cuántos documentales de Facebook tengamos, jamás entenderemos el dolor físico de una temporada. Si, el football es un juego de niños, pero solo hombres pueden jugarlo.

Cuando decimos que alguien llegó a la NFL “sin haber sido drafteado”, ¿entendemos la dimensión de nuestras palabras? La probabilidad de llegar a la NFL después de haber jugado 1ª división en NCAA (colegial) es 2%, el 95% de estos jugadores llegan mediante el Draft. En otras palabras, la probabilidad de llegar a la NFL “sin haber sido drafteado” es 0.09%. Hay más posibilidades de un dueto Maluma-Adele.

A siete minutos de terminar el tercer cuarto, Corey Clement, nuevamente nos hacía olvidar la dimensión de esto y, al mismo tiempo que lograba una increíble recepción poniendo a su equipo con diez puntos de ventaja, también nos recordaba que los sueños siempre serán más grandes que las probabilidades.

Entendemos la grandeza de un atleta por varias razones, una de ellas, cuando jamás sentimos que ha sido derrotado, sin importar la situación, hasta que el reloj dice lo contrario. Diez puntos abajo no eran más que otra oportunidad para Tom Brady de jugar con nuestra mente y hacernos pensar que el éxito se logra fácil. Tal como previsto, tomó el balón y, en dos series, con la misma mirada penetrante que todos extrañaremos cuando ya no podamos verla (lo aceptemos o no), regresó el marcador a donde nos es costumbre verlo.

El receptor que lo ayudó anotando, “sin haber sido drafteado”, Chris Hogan.

Ahora, la lógica es sencilla. Si un jugador es suplente es porque no es mejor que el titular. Si este mismo fue cortado dos veces por otros equipos, quizá ni siquiera sea mejor que Tim Tebow. Si ahora, además de todo esto, contempló retirarse hace solo un año, bueno pues, el juego se acabó.

Cuando una historia parece estar llena de negativas y cosas que no hacen sentido, solemos describirla como improbable, sorprendente e histórica. Sin embargo, pocas veces recordamos el poder único que la hace existir. Nick Foles, en setenta y cinco yardas,  nos  lo recordó.  La adversidad provee dos cosas; una inigualable oportunidad de crecer y una indescriptible fuerza adquirida al no tener nada que perder.

Su pase a Zach Ertz le dio a los Eagles su primer Super Bowl en su larga historia, provocó que el mejor quarterback de todos los tiempos fuera también el primero en perder un campeonato aun después de haber lanzado para más de 500 yardas y, finalmente, removió la máscara de un genio convirtiéndolo en humano.

El confeti, con colores del campeón, me despertó.

“Jamás dejaré de vivir un Super Bowl”. Lo repetí una y otra vez.

Es aquí, en donde gracias a quince mil millones de dólares, se puede resaltar el invaluable significado del football.

Es aquí, cuando hay más gente atenta a los treinta minutos de descanso que a los sesenta de juego, cuando tres quarterbacks suplentes pueden enseñarnos el verdadero significado del fracaso y recordarnos el poder de jamás darse por vencido.

Es aquí, en cien yardas que jamás dejarán de ser pisadas por hombres indescriptiblemente unidos, en donde, en palabras de aquella persona de fe y con capacidad de impactar la vida de niños, “Un individuo puede hacer diferencia, pero un equipo puede hacer un milagro.”

 

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