El Proceso de un Campeón

Sentado en soledad relativa, con un vaso de cerveza enfrente que pasaba horas sin ser tocado, con un mesero que me reconocía y con un bullicio provocado por conversaciones a mi espalda, el cual  se perdía en la lejanía mientras pasaba el tiempo, me detuve por un segundo, retiré mi penetrante vista de la pantalla y decidí escuchar e intentar responder una pregunta que he tenido por varios años, quizá, desde que tengo memoria. Esta pregunta que solamente me la he hecho yo y que había decidido no abordarla, más que por su aparente complejidad, por el miedo de no encontrar una respuesta. Sin poder explicarlo, simplemente sentí que era el momento de atacarla.

¿De dónde proviene  la pasión, definida por muchos como obsesión, por ver los deportes?

Bien dicen que “por algo pasan las cosas”, o mejor dicho, “por algo no pasan”, porque ahí me quedé, cual Buzzlightyear,  viendo al infinito, sin encontrar una mínima idea de cómo responder. Mientras pasaban momentos importantes en la final del hockey, entre Chicago y Tampa Bay, ideas estúpidas pasaban por mi cabeza tales como:

Conciencia: te encantan los deportes porque amas la competencia.

Realidad: ¿Really? Entonces, ¿porque no te apasiona 100 mexicanos dijeron?

Conciencia: te apasionan los deportes porque generan emociones y nunca sabes que va a pasar.

Realidad: el cine tiene la facultad de generar emociones y, a menos que un imprudente lo haya echado a perder o sea la décimo quinta vez que vez Memento, tampoco sabes el resultado final. Sin embargo, no tienes la misma pasión por este arte que por los deportes. Fail.

En fin, terminó el gran juego en donde Chicago le dio la vuelta a Tampa en menos de dos minutos, y yo, me perdía de la mayoría de la acción por haber tomado la brillante iniciativa de generar una nube de ignorancia y ansiedad al no saber contestar la pregunta (a este punto, amable lector, usted posiblemente estará pensando que su amable escritor sufre de una ligera demencia. Permítame comunicarle que está usted en lo correcto en cuanto a la demencia más no en cuanto a que la sufro (¡ha!), sin embargo, si le sirve de algo, también debo comunicarle que mi ansiedad desapareció y derivó en un pensamiento…en una respuesta).

Me retiré del lugar cabizbajo por lo NO sucedido, y, literalmente cansado por haber sufrido un sobre-análisis, manejé a mi cama en donde mis últimas palabras del día fueron: “Me espera un gran fin de semana de ver deportes y, si no encuentro una razón lógica de porque demonios los veo tan apasionadamente, ¿a quién C$%JOS le importa?”

Alexander Fleming descubrió la penicilina al regresar de sus vacaciones y encontrar hongos en sus platos los cuales se habían comido la bacteria que utilizaba para otros estudios. El microondas fue inventado por Percy Spencer quien se acercó a un tubo generador de ondas magnéticas y su barra de chocolate fue derretida. John Pemberton creó la Coca-Cola mientras intentaba curar las migrañas mezclando hojas de coca y nueces de la planta cola. La mejor de todas, Pfizer desarrolló Viagra en un intento de eliminar los dolores de pecho. Es decir, tal como podemos ver, grandes descubrimientos en el mundo surgen como resultado de accidentes, de momentos en los que no se está pensando específicamente en el problema.

Ahora, estoy consciente que mi duda existencial deportiva nunca iba a generar algún tipo de descubrimiento, pero, gracias al Dios de la tranquilidad, lo mismo que pasó con el Viagra, pasó con mi cerebro. A ver, creo que tengo que aclarar esto. Lo que trato de decir es que la respuesta llegó en el momento menos esperado, en uno de esos momentos en los que no pensaba en la pregunta, simplemente disfrutaba del fin de semana.

He aquí la significante sucesión de los hechos: jueves, primer juego de la final de la NBA, Lebron James carga al equipo como Ronaldinho cargó a los Gallos Blancos (alerta: sarcasmo) pero no es suficiente para derrotar a Golden State liderado por el MVP, Steph Curry, quien está cambiando la forma de ver el juego; viernes, semifinales de Roland Garros en donde Wawrinka derrotaba a Tsonga y Djocovich derrotaba a Murray creando una final de mucho mejor calidad de lo que esperaba el mundo del tenis (posteriormente, el domingo, Wawarinka le negó la oportunidad al Serbio de ganar su primer Grand Slam); sábado, final femenil de Roland Garros…Serena es prácticamente invencible. El sábado lleno de deportes apenas comenzaba.

En, quizá una de las disciplinas menos populares todo cambió. Belmont Stakes, la última carrera de la triple corona en el deporte hípico, y la oportunidad, por parte del caballo de nombre American Pharoah, de pasar a la historia como el primero en treinta y siete años de ganar las tres en el mismo año, hazaña solo lograda por otros doce en toda la historia. Ahí estaban, ocho hermosos caballos listos para recorrer 2.4 kilómetros en un escenario igual de estético. La salida se escuchó y yo, sin saber realmente lo que estaba a punto de presenciar y al ver el inicio lento del gran favorito, empecé a brincar en mi cama cual touchdown de los 49ers y le comencé a gritar desesperadamente.  Los gritos sirvieron pues tan solo dos minutos y veintiséis segundos después, Pharoah conseguía lo increíble. En contextos más terrenales, conseguía lo equivalente a cinco trofeos Vince Lombardi consecutivos, tres victorias en el Masters de Golf consecutivos, ocho campeonatos de la NBA consecutivos…nada de eso ha pasado en al menos treinta y cinco años.

Como es ya tradición, el caballo comenzó a pasearse por el hipódromo como hawaiana con su aro de flores mientras, al igual que yo, recuperaba la respiración. Me dirigía a comenzar el inexplicable y raro acto del aplauso cuando de repente todo sucedió…la respuesta enfrente de mis ojos…cabalgando como campeón histórico: Víctor Espinoza.

Originario de Hidalgo, nacido en una granja en donde ordeñaba vacas desde niño, Víctor comenzó a pagar su escuela para montar, a los diecisiete años, manejando un camión en la Ciudad de México. Tan solo tres años después de iniciado su entrenamiento, Víctor ya era campeón en el Hipódromo de las Américas. En 1993, en busca de su sueño, emigró a California en donde se prohibió escuchar radio y  ver televisión en español; aun sin importar que viviera en completa soledad. En 2002, Espinoza estuvo a punto de completar la hazaña pero fracasó al ganar solamente dos de las tres carreras supremas, en 2014, lo mismo sucedió. Como era de esperarse de un hombre que define la tenacidad, Víctor decidió cambiar de agente y exigir más en su entrenamiento. Hoy, a los cuarenta y tres años de edad, es el jinete más viejo y el único mexicano en ganar la triple corona.

Por si esto fuera poco, Víctor, quien ha estado dentro del Top 10 de mejores jinetes pagados desde el año 2000, ha donado al menos el 10% de sus ganancias en cada carrera a un hospital para cáncer infantil. Inmediatamente después de haber ganado la triple corona sus palabras fueron: “Donaré toda mi ganancia de esta carrera al hospital”. Cuando le preguntaron la razón de sus donaciones, el respondió así: “Los visité un día y quedé impactado de lo desfavorable de sus vidas, a partir de ese momento me dije, quisiera hacer un cambio en ellas, al menos uno pequeño”.

El mundo en el que vivimos es un maestro que solo enseña resultados, que se encarga de agrandarnos los marcadores y los trofeos, que se aprovecha de nuestra debilidad mental para convencernos que el fin es lo que importa y que lograr algo es fácil y cotidiano. Hoy, la trampa más grande, se ha vuelto el confundir nuestra estancia en esta vida como un medio para conseguir  cosas las cuales hemos abaratado bajo el nombre de “sueños” mientras ignoramos la importancia y el valor imprescindible del proceso para llegar a ellos.

No es que hoy Víctor Espinoza sea nominado al Salón de la Fama ni que este inmortalizado en el deporte hípico con sus más de tres mil victorias. No es que Lebron James pueda convertirse en el mejor jugador de la historia. No es que Serena haya levantado al tenis femenil. Es que en cada uno de ellos, en cada una de las personas que nos deleitan con impresionantes desempeños que desafían la capacidad humana, hay una historia de perseverancia  y alta tolerancia al fracaso, una historia muy escondida que, si miramos fijamente, nos recuerda que es el amor por el proceso y sacrificio, en cada una de nuestras actividades, lo que realmente vale…lo que te hace un campeón.

2 comentarios en “El Proceso de un Campeón

  1. Realmente soy tu fan!! Esa pasión es lo que te hace diferente y es un verdadero honor ser tu amiga!!! Gracias por compartir! Y si te imagino gritándole a la tele!!! Si sabias que no te escuchan verdad???

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